La educación como encuentro

"Toda vida verdadera es encuentro" (Martín Buber)
Llevamos demasiado tiempo intentando resolver los problemas de la educación sin preguntarnos cuál es el problema del que dependen todos los demás. Durante décadas hemos discutido sobre presupuestos, currículos, tecnologías, evaluaciones, infraestructuras y reformas. Hemos realizado diagnósticos, foros y estadísticas... y, sin embargo, seguimos igual o peor.
Nunca se había hablado tanto de educación y, al mismo tiempo, tan poco sobre su verdadero sentido. Todos parecen tener algo que decir sobre la escuela y todos creen tener la razón: el Estado, el Ministerio de Educación, los organismos internacionales, el empresariado, las universidades, los sindicatos, las familias y los medios de comunicación; sin embargo, en medio de ese inmenso debate permanece una pregunta poco formulada: ¿vemos al otro como una persona o hemos comenzado a verlo únicamente como un medio para alcanzar nuestros propios intereses?
Esa es una de las preguntas que Martín Buber plantea a la educación contemporánea. En su libro “Yo y Tú” sostiene que toda existencia humana se construye a partir de dos formas fundamentales de relación. En la primera, el otro es un Tú: una persona irrepetible, digna de respeto y reconocimiento. En la segunda, el otro se convierte en un Ello: un objeto, un recurso o un instrumento al servicio de determinados fines. Más que una teoría filosófica, se trata de una manera de comprender la existencia humana y, por extensión, el sentido mismo de educar.
El problema aparece cuando el estudiante deja de ser un Tú y se convierte en un número, una calificación o una estadística; cuando el maestro termina reducido al cumplimiento de horarios, procedimientos y evidencias; cuando la escuela deja de entenderse como una comunidad de aprendizaje para convertirse en una estructura dedicada principalmente a responder exigencias administrativas. En ese momento, la educación comienza a vaciarse de su sentido más profundo. La escuela podría seguir funcionando con eficiencia, cumplir indicadores, producir informes y alcanzar metas institucionales; pero si deja de formar personas, continuará escolarizando sin llegar verdaderamente a educar.
Una antigua narración oriental cuenta que varios hombres ciegos intentaban descubrir qué era un elefante. Cada uno tocó una parte distinta y describió un animal diferente; todos tenían parte de la verdad y, al mismo tiempo, todos estaban equivocados. Ninguno mentía; simplemente contemplaba la realidad desde el lugar donde estaba.
Algo semejante ocurre con la educación dominicana: Cada actor la observa desde el lugar que ocupa y, desde ahí, alcanza una parte de la verdad. El problema comienza cuando esa verdad parcial pretende convertirse en la totalidad de la verdad. El Estado puede terminar mirando la escuela desde las estadísticas; las familias, desde las exigencias cotidianas; el empresariado, desde la productividad; y los docentes, desde las presiones del aula. Ninguna de esas miradas es falsa; lo preocupante aparece cuando cualquiera de ellas pretende sustituir a todas las demás.
La educación deja entonces de ser un encuentro para convertirse en una suma de intereses que apenas dialogan entre sí. Comprender el todo exige algo más que defender la propia experiencia: exige escuchar la experiencia de los demás. Solo así el Yo vuelve a descubrir al Tú.
El encuentro auténtico nunca es pasivo, exige que cada actor asuma la responsabilidad que le corresponde para que sea un acto verdaderamente humano. El Estado tiene la responsabilidad de garantizar condiciones dignas para aprender; las familias, la de acompañar el crecimiento de sus hijos; los docentes, enseñar con rigor y humanidad; los estudiantes, la de comprometerse con su propia formación; el empresariado, comprender que la educación constituye una responsabilidad social antes que una oportunidad de negociación; y el sindicato, la de defender la dignidad de la profesión sin perder de vista la dignidad del acto educativo.
Cuando alguno de estos actores intenta convertir la educación en un espacio para el provecho político, económico o corporativo, el encuentro comienza a romperse. La escuela deja entonces de ser una comunidad que construye el bien común (Tú) para convertirse en un escenario mercantilista donde cada quien procura únicamente la satisfacción de sus propios intereses (Ello).
Paulo Freire afirmaba que nadie educa a nadie, ni nadie se educa solo; los hombres se educan en comunión. Martín Buber habría dicho que esa comunión solo es posible cuando el otro deja de ser un objeto y vuelve a convertirse en un Tú. Ahí reside, probablemente, el mayor desafío de nuestra educación.
Ese reencuentro nos interpela a todos: El Estado debe volver a mirar al estudiante antes que a las estadísticas; las familias, acompañar antes que delegar; los docentes, enseñar con humanidad antes que limitarse a cumplir procedimientos; el gremio, defender la dignidad del maestro sin olvidar la dignidad del acto educativo; y los estudiantes, comprender que aprender significa mucho más que aprobar asignaturas. La educación comienza justo donde dos personas descubren que ninguna puede crecer plenamente sin la presencia de la otra. Allí nace la escuela: no como un edificio ni como una estructura administrativa, sino como un encuentro entre seres humanos.
La educación dominicana se parece hoy a aquellos hombres que intentaban describir un elefante sin abandonar el lugar donde estaban. Cada actor posee una parte indispensable de la verdad, pero ninguno posee la verdad completa. La educación comenzará a transformarse cuando comprendamos que necesitamos mirar también desde la perspectiva del otro. Sólo donde el "yo" se abre al "tú" deja de existir una suma de intereses y comienza verdaderamente el encuentro.
Más que nuevas reformas, más que foros, más que métodos presentados como soluciones definitivas, la educación necesita recuperar el sentido del encuentro y reconocer la dignidad del otro. Porque, como escribió Martín Buber, "toda vida verdadera es encuentro". Cuando la escuela vuelva a ser un verdadero encuentro entre personas, cuando el bien común prevalezca sobre los intereses particulares, entonces habrá esperanza para la educación... y para la sociedad que ella está llamada a construir.